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Tu peor enemigo no te puede dañar tanto como tus propios pensamientos.
Y nada ni nadie, ni tu padre ni tu madre, te puede brindar tanta ayuda
como tu propia mente, disciplinada.
SIGLO V a.c.
Tu peor enemigo no te puede dañar tanto como tus propios pensamientos.
Y nada ni nadie, ni tu padre ni tu madre, te puede brindar tanta ayuda
como tu propia mente, disciplinada.
SIGLO V a.c.
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