20 jun. 2007

Tres hermanas provincianas

La plata no alcanza para nada. Pero basta que quiera uno utilizar un buen porcentaje de un billete de 100 en algo, una lata de pintura impermeabilizante, por caso, para que la respuesta sea: -noooo, no hay cambio.
No sabía por qué había ido hasta el banco que quedaba a 5 cuadras en vez de el super chino que estaba a la vuelta. Si yo a mi ex barrio lo conocía tan bien. Pero fui al banco. En la fila descubrí que existía alguien más pajuerana que yo para los trámites. Estaba de espaldas a mí, mirando a la cajera. Le decía: que tenía que hacer un depósito pero que no recordaba el número de su cuenta, que ¡hay! si encontrara alguna boleta vieja sería más fácil, que si no le daba un documento. Faltaba que le ofrezca a la atosigada cajera alguien que atestigue que ella era ella. Pero, claro, no sabía que tenía un conocido en la fila. Pero enseguida encontró un ticket viejo, la cajera dijo su nombre y ahí comprendí todo. Era mi antigua compañera de secundario. Aplicada, casi mejor promedio, casi la más chic del colegio (si no fuera por su hermana mayor), casi la más comprensiva, casi la más descreída de sí. ¡Paula! nos dijimos cuando se dio vuelta. En el nombre, éramos iguales.
-Dale, hace tu trámite, te espero.
No era porque tuviera mucho tiempo. Debía estar en el centro de kinesiología en tres cuartos de hora. Pero cómo no me iba a esperar.
-Ví la nota sobre el cura Von Wernich, me dijo. -Mi padrino, el represor!, agregó con una sonrisa burlona.
-Sí, en unos días empieza el juicio oral. ¿Había sido tu padrino de egreso? No recordaba ese detalle.
No recordaba tampoco las reflexiones acertadas de Paula y su dureza de carácter. Su calma aún en la prisa. Su belleza tranquila y su destreza en la vida cual surfista entre la ola. No recordaba esa postura provinciana con que intercambiábamos -entre sonrisas de felicidad y extrañamiento- noticias de su hermana dermatóloga de 'estrellas' con la que trabajaba a veces (porque "mucho con los hermanos no está bueno, viste?" me había dicho), su otra hermana curadora y crítica de modas. De la mía socióloga y de la cineasta. De mi "avance interruptus" profesional.
-Che, no pude ir la vez que se reunieron los de nuestra promoción, me disculpé.

Me contó detalles de vidas ajenas narrados a las apuradas. Mudanzas y desengaños amorosos que me resultaba imposible asimilar. Nombres que recordaba para rostros que ahora serían diferentes y adultos.
-En fin, a casi todos les fue mal- resumió.
¿Cómo nos va, según tu certera vara, Pau?. Tuve ganas de preguntarle varios diagnósticos. Pero la dejé ir. Se le haría tarde.
-Sí, mejor me tomo el subte. Esperá, ¡Uia! ¿qué le pasa a ésta que se sentó en el escalón? Está descompuesta. Andá, Pauli.
Me fui. La dejé en la puerta del subte con su apuro y sus nociones de medicina.

Quedaron flotando en el aire nuestro pasado de pueblo chico e infierno grande y no del todo conocido (sobre todo en la parte del infierno). Nuestro final de quinto año, cuando de una cariñosa pero exigente pateadura nuestros familiares nos habían enviado del medio del campo a Santa fe y Callao sin escalas.
Nuestra tácita unión por ser las del medio de tres hermanas provincianas.

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