26 abr. 2007

Beadel (o La piedra por la culata)

-Bueno -dijo Bight-. Puedo decir lo que últimamente me ha lanzado a la cara, lo que ha estado empujando hacia mí con todo su grotesco: el deseo de una intimidad mayor a través de los propios Diarios. Vino a verme por eso -agregó el joven un momento después-. Yo no fui a verlo a él.
-Y el confió en ti -contestó Maud.
-Bueno, ya ves lo que le di: el fruto mismo de mi genio. ¿Qué más quieres? Estoy agotado, mugriento, dolorido. Estoy harto -declaró Bight- de su pánico bestial.
Los ojos de Maud, a pesar de esto, seguían siendo un poco duros.
-El es totalmente sincero?
-¡Por Dios, no! ¿Cómo 'puede' serlo? Sólo lo está intentando...como un gato, que al saltar elige una pared demasiado lisa. Se cae directamente hacia atrás.

Los Diarios, Henry James (1845-1916)

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