28 feb. 2007

La luz y la muerte


'En 1962, en la revista Ficción, que dirigía Juan Goyanarte, Ortega Peña publicó un largo análisis de la novela Sobre héroes y tumbas. En esa nota, escrita poco antes de que tomáramos la decisión política de elaborar y firmar conjuntamente todos nuestros trabajos, analiza el tema de la muerte (aun era tiempo de que nuestra generación la visualizara a través de las obras literarias) y dice: Lavalle, Alejandra, Fernando, muertos. ¿Sus muertes tienen algún sentido o carecen absolutamente de él? ¿Por qué ir a Jujuy? ¿ Por qué morir en 'El Mirador'? ¿Azar de una partida que dispara? ¿Libre determinación en incendiar la casa, su propia vida? La muerte, ¿tiene realmente un sentido que no es posible delimitar en lo orgánico? Allí quedan los restos lacerados de Lavalle. Malolientes. Ahí va su corazón con sus hombres. ¿Llevaba Lavalle dentro, muy dentro, su muerte como Alejandra o Fernando? ¿Fue creciendo esta muerte día a día con su vida, hasta surgir galopando desesperadamente? ¿ O, por el contrario, la muerte se cruza en el camino inesperadamente? ¿Es realmente un elemento irracional que no se puede reducir' Quizá no estamos preparados para responder. Pero la existencia sigue su curso: y allí va Martín, como nosotros, proyectando su vida, abierto a lo inesperado.

'Ortega a los 26 años reflexionaba antropológicamente sobre el sentido de la muerte, que es lo mismo que decir que analizaba el sentido de la vida. Y lo hacía desde su propia proyección vital totalmente comprometida, que llevaría -doce años después de esas meditaciones- a que convergieran las balas sobre su cabeza y a que hoy, transcurridos otros doce años, yo rescate este texto y lo repiense no sobre Lavalle sino sobre Rodolfo mismo. Ya que, quienes lo conocimos, sabemos bien con qué urgencia vivió, prodigando su inteligencia tan fuera del nivel común y su cultura de límites incomprobables, con tal vertiginosidad como si llevara 'dentro, muy dentro su muerte' y ésta fuera 'creciendo día a día con su vida'.

Hace casi 10 años, el actual Secretario de Derechos Humanos de la Nación Eduardo Luis Duhalde, escribía -y citaba- estas líneas a raiz de un nuevo aniversario del asesinato del abogado y diputado nacional Rodolfo Ortega Peña.

Unos años atrás, cuando leí por primera vez este texto, no lo asocié con Roberto Carri y Ana María Caruso. Pero el sábado último, al cumplirse 30 años de sus desapariciones, la idea sobre un destino intuido vuelve a mí al leer la frase elegida por Carri en su libro más logrado: Isidro Velázquez.
Como una suerte de dedicatoria a los bandoleros chaqueños Velázquez y Gauna, se lee en la primera página una estrofa del chamamé de Oscar Valle:

"Sin una vela encendida
sin una flor a su lado,
sin una cruz en la tierra,
hay dos sueños sepultados"

Oscar Valle, El último sapucay

La frase no podría haber representado mejor la desaparición y el destino incierto que sufrieron los cuerpos mismos de Roberto y Ana María, secuestrados por la última dictadura militar argentina.

¿Por qué ese chamamé impactaba tanto en Roberto?

¿Por qué se olía la muerte -y no daba miedo- en la casita del Gran Buenos Aires, donde habitábamos en clandestinidad?

"Convertite en lo que sos", decía Nietzsche.

¿Por qué, cuando se está en El camino, el resultado no cuenta?

Sólo existe la ética y el convencimiento profundo de lo que se es.
De lo que fueron: Rodolfo, Roberto, Ana, Mario, Norberto, Carlón, Pipi, Rodolfo, Héctor...


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